sábado, 17 de julio de 2010

Siempre será aquella noche tu noche y la mía...

-No me parece justo.

-¿El qué?

- Pasar 24 horas contigo durante 11 días y ahora tener que acostumbrarme a vivir sin ti. 


Me delata la ansiedad en el pecho. Le miro. Quedan horas. Empiezo a llorar. Intento grabar a fuego su imagen en mi mente, como si tuviera miedo a que de un momento a otro se me olvidara su sonrisa o el tacto de sus manos sobre mi cuerpo. Él me mira con una mezcla de conmiseración y pena. Seca mis lágrimas, las besa una a una. "Sabes salada", se ríe. Me echará de menos. Es lo que piensa mientra me mira. Lo sé. Conozco el brillo de sus ojos, le he contado 5 risas/sonrisas distintas y en estos momentos, su sonrisa, es la que alberga más pena de todas, la menos sincera. Me acaricia distraído mientras le susurra a mis lágrimas que paren. Intento no llorar. Me muerdo el labio y aparto la mirada. "No disimules. El gesto de tu boca dice que lloras". Río. "No me gusta que me conozcas tan bien", acabo diciendo cuando consigo deshacer el nudo de mi garganta. Le beso. Suena nuestra canción, que acaricia la habitación, se pasea por la cama, empaña el momento con más lágrimas. Quiere prometerme el mar otra vez, llevarme a nuestro lugar. Yo sólo quiero naufragar en su cama, quedarme abrazada a él  hasta que amanezca y perder el avión que me ha de devolver a una vida que carece de sentido si no está él. "No quiero irme", repito. "No quiero volver a estar sin ti". Me siento protegida, feliz, invencible, cuando estoy entre sus brazos y durante horas he hecho de aquella habitación mi fuerte, observando cada detalle tapada con su bata. No quiero hacerlo, pero no puedo evitar pensar que en un día me separarán siglos del sonido de las gaviotas entrando por la ventana, de la lluvia, del frío vespertino, del sol de la mañana, de las chaquetas a mediatarde. Me he acostumbrado a ver el mar desde mi ventana, a la nostalgia que te inunda cuando ves un mar que no es el tuyo, a que su sonrisa me de las buenas noches, a que sus besos y caricias me despierten cada mañana. Me he acostumbrado a dar paseos interminables cogida a su cintura, a fingir enfados para que me recuerde que me ama, a acariciarle, a besarle, a no mirar el reloj. Aunque a lo que jamás me acostumbraré será al miedo a perderle, a la sensación de derrota cada vez que piso un aeropuerto con una tarjeta de embarque hacia Valencia. 
Cojo mi ropa por fin y me visto. Me abraza por la espalda con esa dulzura que consigue derretirme. Me susurra al oído lo mucho que me quiere. Me quedo sin respiración. Me ahogo. Un trozo de mí se queda con él. Un trozo de mí se queda en aquella playa gallega que hoy lleva mi nombre.

4 comentarios:

Brisa dijo...

La distancia de los cuerpos se hace poca, si las almas permanecen cerca...
Hermoso blog!!
Un saludo.

JON MIKEL ALTUNA dijo...

Gracias por tu visita. Y nunca se sabe: mi tío Leonel aparece cuando más se le necesita... Por cierto, precioso blog, me quedo un rato por aquí; tienes ganas de vivir y eso se contagia. De aries a aries... somos todos unos sentimentales ;)

Mas allá dijo...

Wow, de veras que maravillosa manera de exponer el amor de las horas, los minutos los segundos, que maravilloso tener entre los labios un amor tan fuerte, ^^.

Laurita dijo...

Vas a ser una gran filóloga. Lo sé.

Un besazo.